
La retirada de obras feministas, LGTB y relacionadas con la paz del Museo Nacional de Colombia desata críticas y reaviva el debate sobre la batalla cultural de De la Espriella.
El Museo Nacional de Colombia, en Bogotá, quedó en el centro de una controversia tras la retirada de alrededor de 30 obras relacionadas con movimientos feministas y LGTB, víctimas de la violencia política y el Acuerdo de Paz de 2016. La institución todavía no ha confirmado la cifra exacta ni ha explicado oficialmente los motivos de la decisión.
El retiro coincidió con la visita del presidente Abelardo de la Espriella al Ministerio de Cultura, donde anunció una “contrarrevolución cultural” y pidió retirar de espacios públicos elementos que, según él, glorifican el terrorismo.
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Entre las piezas que, según medios colombianos, desaparecieron de las salas figuran una bandera del orgullo gay, fotografías de marchas LGTB, materiales sobre derechos reproductivos y afiches de candidatos presidenciales asesinados, como Carlos Pizarro Leongómez y Bernardo Jaramillo Ossa.
La ministra de Cultura, Paola Holguín, defendió una revisión de la museología y la curaduría de los espacios culturales. Argumentó que el museo no debe funcionar como instrumento de adoctrinamiento político y afirmó que el Gobierno busca proteger el patrimonio nacional.
Sin embargo, críticos advierten que retirar estas piezas puede excluir memorias incómodas y limitar la representación de grupos históricamente marginados.
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De la Espriella ha criticado el llamado “wokismo”, al que acusa de alterar los valores tradicionales y distorsionar la historia. Su discurso conservador cuenta con el respaldo de sectores religiosos y políticos que también cuestionan algunos derechos sexuales y reproductivos.
La congresista María José Pizarro, hija de Carlos Pizarro, rechazó lo que considera un intento de borrar el legado de su padre. Otros críticos sostienen que la medida empobrece la representación de la historia colombiana.
El Museo Nacional, fundado en 1823, alberga miles de piezas y tiene entre sus objetivos promover relatos diversos y construir memorias compartidas.
La controversia abre una pregunta de fondo: ¿quién decide qué historias merecen permanecer en los espacios públicos y cuáles quedan fuera del relato oficial?
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