
El papa León XIV cuestionó la asociación entre la extrema derecha y el cristianismo. En América Latina, el avance de estas corrientes abre debates sobre derechos y democracia.
El papa León XIV cuestionó la asociación entre algunas corrientes de extrema derecha en Alemania y determinadas expresiones religiosas. Durante la rueda de prensa de regreso de su viaje a Francia, el 28 de septiembre, sostuvo que esa combinación no representa una expresión auténtica del cristianismo.
El pontífice recordó que los valores del Evangelio se basan en la comprensión, la compasión y el acompañamiento, no en el odio ni en la división. También llamó a la ciudadanía a participar en los procesos políticos con el objetivo de promover el bien común, en lugar de respaldar ideas extremistas que puedan causar daños a la sociedad.
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León XIV también defendió el diálogo como vía para resolver conflictos internacionales e instó a líderes de Rusia y Ucrania a buscar soluciones mediante la negociación. Además, expresó preocupación por el protagonismo de las armas nucleares y el aumento del gasto militar.
El papa señaló que esos recursos podrían destinarse a necesidades urgentes, como combatir el hambre, garantizar vivienda y ampliar el acceso a la salud y la educación.
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El debate no se limita a Europa. En América Latina, distintas fuerzas de extrema derecha han ganado presencia política y han impulsado agendas conservadoras. Un informe del Instituto V-Dem de 2026 analiza la llegada de gobiernos de este signo en países como El Salvador, Argentina y Brasil, y advierte sobre posibles retrocesos democráticos cuando se debilitan los contrapesos institucionales.
Estas tendencias pueden afectar a los países cuando promueven la exclusión, restringen derechos o debilitan las instituciones que limitan el poder político. Organizaciones regionales también han documentado cómo ciertos actores utilizan argumentos religiosos para justificar campañas contra los derechos de las mujeres y las personas LGBTIQ+.
La advertencia central es que la fe no debería utilizarse para justificar el odio ni la discriminación. La defensa de la dignidad humana requiere instituciones sólidas, respeto por los derechos y espacios de diálogo, incluso en sociedades profundamente divididas.
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