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El artista puertorriqueño convirtió su música en plataforma política. Entre protestas, críticas al ICE y debates globales, redefine el rol del pop latino.
Bad Bunny no solo llena estadios; también llena plazas públicas. En una industria que durante años evitó el conflicto político para proteger contratos y audiencias, él tomó el camino contrario. Habló, señaló, marchó y cantó sobre lo que incomoda. Y lo hizo desde Puerto Rico, no desde un despacho en Miami o Los Ángeles.
Muchos artistas opinan. Pocos asumen costos reales. Benito Martínez Ocasio entendió pronto que su alcance global podía amplificar discusiones que en la isla llevan décadas abiertas: el estatus colonial, la precariedad energética, la gentrificación acelerada y el desplazamiento de comunidades enteras. En lugar de suavizar el mensaje para encajar en el mercado anglo, decidió tensarlo.
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El punto de quiebre llegó con las protestas masivas que exigieron la renuncia del gobernador Ricardo Rosselló. Aquellas manifestaciones no surgieron por un artista, pero sí encontraron en figuras como Bad Bunny una caja de resonancia internacional. Él marchó junto a miles, suspendió compromisos y convirtió sus redes en altavoz político.
Ese momento cambió la percepción pública de su figura. Ya no era solo el fenómeno del reguetón global; era un ciudadano activo que asumía postura. La dimisión de Rosselló marcó un precedente histórico en Puerto Rico y consolidó la idea de que la cultura popular puede incidir en la política real.
Con “El Apagón”, Bad Bunny llevó la crítica a otro nivel. No presentó un eslogan vacío, sino una narrativa concreta sobre la crisis energética y la privatización. Señaló cómo la gentrificación transforma barrios, encarece la vivienda y desplaza a residentes históricos. Lo hizo desde el ritmo bailable que lo caracteriza, pero con un trasfondo claro.
Ahí radica su habilidad: mezcla entretenimiento y denuncia sin que uno anule al otro. En vez de publicar un comunicado, lanza una canción que millones reproducen. La pista suena en discotecas y, al mismo tiempo, introduce preguntas incómodas sobre quién se beneficia del desarrollo económico y quién paga el precio.
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Bad Bunny también ha criticado políticas migratorias estadounidenses, incluido el accionar del ICE. Ha utilizado espacios de alta visibilidad, como premiaciones internacionales, para enviar mensajes directos. Sabe que esas plataformas multiplican el impacto.
Esa postura le ganó detractores en sectores conservadores. Algunos lo acusan de politizar el entretenimiento. Otros cuestionan que un artista latino critique al país que impulsa gran parte de su mercado. Pero esa tensión revela algo más profundo: la expectativa de que las figuras latinas triunfen sin incomodar al sistema que las consume.
Su discurso no se limita a la migración. Bad Bunny habla de Puerto Rico como territorio con identidad propia y realidad compleja. Rechaza la idea de diluir esa identidad para ganar aceptación internacional. Canta en español, incorpora referencias culturales locales y proyecta símbolos boricuas en escenarios globales.
Esa afirmación cultural funciona como resistencia. En un mercado que históricamente premió la asimilación, él apuesta por la visibilidad sin traducción. Cuando conecta luchas de Puerto Rico con otras causas internacionales, amplía el marco. No lo hace desde la diplomacia formal, sino desde el lenguaje del pop.
Su participación en eventos masivos, como el Super Bowl, intensificó el debate. Algunos esperaban neutralidad; él ofreció contexto político. La reacción fue inmediata. Para sus seguidores, reforzó su coherencia. Para sus críticos, cruzó una línea.
La polarización no es un efecto secundario, es parte del fenómeno. En tiempos donde las redes amplifican cada gesto, cualquier postura clara divide. Bad Bunny parece aceptar esa consecuencia. No busca agradar a todos; busca expresar una posición.
La pregunta clave es si su impacto trasciende la coyuntura. Hasta ahora, ha demostrado constancia. No limita su discurso a una gira o a un lanzamiento específico. Repite temas, regresa a ellos, los contextualiza. Mantiene vínculos con causas locales mientras sostiene una carrera internacional exigente.
Eso no lo convierte en líder político ni en experto en políticas públicas. Lo convierte en algo distinto: un artista que entiende su influencia y la usa. En un ecosistema cultural donde muchos optan por la ambigüedad, su claridad destaca.
Bad Bunny encarna una transformación del artista latino en el siglo XXI. No separa identidad, éxito comercial y conciencia política. Asume que todo convive. Esa decisión lo vuelve incómodo para algunos y necesario para otros.
Su impacto no se mide solo en listas de reproducción, sino en conversaciones que antes no cruzaban fronteras. Puerto Rico, la migración, la colonia y la gentrificación hoy forman parte del debate pop global en buena medida porque él los llevó allí.
Puede gustar o no su tono. Puede generar aplausos o rechazo. Pero resulta difícil negar que cambió la expectativa sobre lo que un artista urbano puede hacer con su voz. Y en ese cruce entre ritmo y resistencia, Bad Bunny ya dejó huella.
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