
Desde los años 80, colectivos feministas de Uruguay recopilan datos sobre violencia machista, feminicidios y desapariciones para visibilizar desigualdades y exigir políticas públicas.
Desde la década de 1980, el movimiento feminista uruguayo asumió una tarea que durante años quedó fuera de los registros oficiales: documentar la violencia contra mujeres y disidencias.
Un estudio del Centro Interdisciplinario en Ciencia de Datos y Aprendizaje Automático (Cicada), de la Universidad de la República, reconstruyó cuatro décadas de activismo y producción de información en Uruguay.
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El trabajo, titulado Crear datos para disputar sentidos: una breve historia de la producción feminista de datos en Uruguay 1984-2025, muestra cómo los colectivos utilizaron estadísticas y registros propios para demostrar que la violencia machista constituía un problema estructural.
En plena transición democrática, los grupos feministas comenzaron a sistematizar información que las instituciones todavía no registraban. Publicaciones como La Cacerola difundieron estadísticas sobre desigualdad de género y señalaron las carencias de los registros estatales.
Otros medios también documentaron casos de violencia contra mujeres. Entre ellos apareció el asesinato de Flor de Lis Rodríguez en 1989, un caso que impulsó una movilización considerada antecedente de las actuales Alertas Feministas.
La socióloga Noelia Beltramelli Gula, una de las autoras del estudio, sostiene que esa militancia permitió instalar la violencia doméstica y de género como un asunto público.
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El activismo contribuyó a impulsar transformaciones legislativas relacionadas con la violencia doméstica, el feminicidio y los derechos de las personas de la diversidad sexual y de género.
Aunque el Estado comenzó a mejorar sus registros, los colectivos continúan recopilando información. Proyectos como Feminicidio Uruguay, ¿Dónde están nuestras gurisas? y Proyecto Ikove mantienen bases de datos sobre asesinatos, desapariciones y violencia sexual.
Las investigadoras advierten que convertir cada historia en una cifra también implica un desafío: los datos permiten encontrar patrones, pero no deben borrar las experiencias individuales.
Beltramelli Gula destaca que Uruguay avanzó en la producción oficial de información, pero persisten fallas que mantienen parte de esta tarea en manos de organizaciones feministas.
El estudio concluye que producir datos continúa siendo una forma de disputar sentidos, visibilizar desigualdades y exigir respuestas frente a una violencia que todavía permanece como un problema estructural.
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