
El triunfo de José Antonio Kast abre interrogantes sobre seguridad, migración, derechos humanos y economía, en un Chile que gira con fuerza hacia la ultraderecha.
Durante su primer discurso como presidente electo, Kast llamó a la unidad y al diálogo, aunque reafirmó su agenda de mano dura contra la delincuencia. Propuso deportaciones masivas de inmigrantes indocumentados, centros de detención y un mayor poder policial, inspirado en modelos como el de El Salvador.
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Sin embargo, expertos cuestionan la viabilidad de estas medidas. Las relaciones diplomáticas con Venezuela están congeladas y los recursos estatales resultan limitados para ejecutar expulsiones a gran escala, lo que obligaría a una coordinación regional compleja.
El triunfo de Kast también reactivó temores en sectores civiles por su cercanía ideológica con líderes de derecha dura y su postura frente a la dictadura de Augusto Pinochet. Sus declaraciones sobre eventuales beneficios carcelarios para militares condenados y su rechazo al aborto y al matrimonio igualitario generan inquietud, pese a que aseguró no eliminar derechos adquiridos.
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En lo económico, Kast apuesta por un ajuste fiscal severo y la desregulación. Planea recortar cerca de 6.000 millones de dólares, en un país que cerrará 2025 con un crecimiento moderado y un desempleo que sigue entre las principales preocupaciones ciudadanas.
Con aliados regionales diversos y una oposición activa, el próximo gobierno enfrentará un escenario exigente. El alcance real del giro político chileno dependerá de cómo Kast traduzca sus promesas en acuerdos y políticas concretas.
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