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El Carnaval de Barranquilla arranca cada año con la fuerza de la Batalla de Flores, un río humano de música, tradición y color que convierte la Vía 40 en un escenario vibrante. Más de 50.000 personas celebran, bailan y lanzan flores en una fiesta que la UNESCO declaró Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad.
Pero este año, la alegría se vio atravesada por un hecho que no podemos minimizar: la reina del Carnaval, Michelle Char Fernández, fue besada sin su consentimiento en plena celebración. Y no, eso no es una anécdota incómoda. Es violencia contra la mujer.
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Durante el desfile de La Guacherna, mientras saludaba al público y accedía a fotografías, un hombre se acercó para una selfie. En segundos, invadió su espacio y la besó en la boca sin permiso. Michelle reaccionó de inmediato, se apartó y luego rompió en llanto. El video circuló en redes y provocó indignación.
Algunos todavía insisten en llamarlo “exceso de emoción” o “confianza carnavalera”. Ese argumento es peligroso. El consentimiento no se suspende porque haya tambores, comparsas o marimondas alrededor. La celebración no elimina el derecho básico a decidir quién puede tocar tu cuerpo.
En el Carnaval caben la sátira, el desenfreno creativo y la burla inteligente. Lo que no cabe es la invasión física. La reina representa la tradición, sí, pero sigue siendo una mujer con límites claros.
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El Carnaval nació como una metáfora de paz, como una manera de cambiar batallas armadas por batallas de flores. Resulta contradictorio que, más de un siglo después, tengamos que recordar que la alegría no legitima la agresión.
Cuando alguien besa a una mujer sin permiso, no está celebrando; está imponiendo. No está halagando; está ejerciendo poder. Ese gesto comunica algo muy concreto: “puedo hacerlo y nada pasará”. Y eso es exactamente lo que debemos desmontar.
Michelle Char no es solo una figura decorativa en una carroza. Ella trabaja durante meses, lidera eventos, promueve causas culturales y encarna un símbolo colectivo. Reducirla a un cuerpo disponible en medio de la euforia revela una falla social más profunda: la normalización del contacto no consentido en contextos festivos.
Muchos comentarios en redes lo dijeron con claridad: eso no fue cariño, fue agresión. Nombrar las cosas importa. Si lo disfrazamos de picardía, lo volvemos aceptable.
En América Latina arrastramos una idea peligrosa: que en carnaval todo se permite. Que el alcohol, la música y la multitud diluyen la responsabilidad individual. Esa narrativa protege al agresor y obliga a la víctima a “entender el contexto”.
No. El contexto no borra la acción.
El llanto de Michelle Char no debería verse como fragilidad, sino como una reacción legítima ante una vulneración pública. También fue un recordatorio de que incluso en los espacios más visibles las mujeres siguen expuestas a conductas invasivas.
El episodio reabre una conversación urgente: la seguridad de las reinas y hacedores del Carnaval. Las autoridades deben reforzar protocolos y garantizar entornos seguros. Pero la solución no depende solo de más escoltas o barreras físicas.
Necesitamos educación emocional y cultural. Necesitamos que los hombres entiendan que el consentimiento no es implícito ni automático. Necesitamos que la multitud intervenga cuando presencia una invasión, en lugar de grabarla como si fuera contenido viral.
El Carnaval de Barranquilla es una de las industrias culturales más importantes del país. Genera empleo, identidad y orgullo. Defender su grandeza también implica proteger a quienes lo representan.
No podemos permitir que un acto de violencia quede diluido entre serpentinas y fuegos artificiales. La fiesta sigue siendo hermosa, poderosa y necesaria. Pero su belleza no puede construirse sobre la normalización del irrespeto.
El verdadero espíritu del Carnaval celebra la vida, la creatividad y la dignidad. Y la dignidad empieza por algo básico: nadie tiene derecho a tocar, besar o invadir a una mujer sin su consentimiento.
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