

La crisis de Derecha Diario reaviva el debate sobre una red transnacional de ultraderecha que, según esta interpretación, busca influir en gobiernos latinoamericanos.
La implosión de Derecha Diario dejó al descubierto una discusión que trasciende a un medio de comunicación: la expansión de una nueva derecha latinoamericana vinculada política, cultural y estratégicamente con el trumpismo.
Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, la región atraviesa un giro acelerado. Siete elecciones presidenciales celebradas desde enero de 2025 terminaron con triunfos de candidatos de derecha o extrema derecha: Ecuador, Bolivia, Honduras, Chile, Costa Rica, Perú y Colombia.
Una red, no una conspiración tradicional
El fenómeno no responde necesariamente a una estructura con un único jefe. Se parece más a una red internacional en la que dirigentes, empresarios, estrategas, medios y organizaciones intercambian discursos, tácticas y espacios de influencia.
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El método: saturar el debate público
Uno de los principios asociados a esta estrategia es el de Steve Bannon: inundar el espacio público con información, conflictos y mensajes contradictorios hasta dificultar la distinción entre hechos y propaganda.
Las redes sociales ocupan un lugar central. La construcción de tendencias, la polarización y el ataque permanente contra adversarios permiten instalar temas y desplazar otros del debate público.
La influencia estadounidense también adquiere una dimensión institucional. Trump ha impulsado encuentros regionales como el denominado Escudo de las Américas, mientras distintos gobiernos latinoamericanos estrechan su cooperación con Washington en seguridad, migración y asuntos estratégicos.
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Siete gobiernos alineados con Washington
El fenómeno tiene expresiones diferentes en cada país. José Antonio Kast ha colocado la migración y la seguridad en el centro de su agenda chilena; Costa Rica impulsa políticas penitenciarias inspiradas en modelos de mano dura; y Abelardo de la Espriella ha anunciado una ofensiva contra la migración irregular en Colombia.
En Bolivia, Rodrigo Paz busca acercar nuevamente al país a Washington y revisar su relación económica con China, mientras Ecuador profundiza la cooperación en seguridad.
No todos estos gobiernos son idénticos ni comparten una misma ideología. Sin embargo, existen coincidencias en nacionalismo, endurecimiento de las políticas migratorias, seguridad, alineamiento geopolítico con Estados Unidos y uso intensivo de las redes.
El costo para América Latina
El avance de esta corriente plantea riesgos que van más allá de la disputa entre izquierda y derecha. Una región cada vez más fragmentada puede perder capacidad para negociar colectivamente frente a Estados Unidos, China y otras potencias.
El énfasis creciente en la seguridad y la mano dura también puede traducirse en restricciones de derechos, debilitamiento de controles institucionales y concentración de poder. Analistas han advertido, además, que el deterioro de los mecanismos de integración regional facilita la fragmentación política.
Brasil y México, dos contrapesos
Brasil y México aparecen como actores centrales frente a este nuevo mapa político. Ambos representan algunas de las mayores economías latinoamericanas y mantienen gobiernos que no forman parte del núcleo de esta nueva derecha regional.
El desafío, sin embargo, no consiste únicamente en resistir una corriente ideológica. También implica recuperar mecanismos de cooperación regional capaces de enfrentar problemas comunes como la desigualdad, la violencia, la migración y el crimen organizado sin subordinar las decisiones latinoamericanas a los intereses de una potencia externa.
La disputa que se abre, en definitiva, no es solo electoral. Es también una disputa por quién define el rumbo político, económico y cultural de América Latina durante los próximos años.
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