

Migrar no es una anomalía. No es una amenaza. No es un capricho moderno ni una conspiración política. Migrar es una constante en la vida, en la Tierra. Desde antes de que existieran fronteras, pasaportes o muros, los seres vivos se han desplazado para sobrevivir, para cuidar a sus crías, para escapar de la violencia, del hambre o del colapso ambiental. Las ballenas cruzan océanos enteros siguiendo rutas ancestrales. Las aves vuelan miles de kilómetros cada año. Los peces remontan ríos imposibles. Ninguna autoridad los detiene, ningún tribunal los juzga, ningún uniforme los encierra en jaulas.
Esa es la paradoja más cruel de nuestro tiempo. La especie que más ha migrado en la historia, la que construyó civilizaciones enteras gracias al intercambio y al desplazamiento, hoy persigue a quienes se mueven como si fueran delincuentes. Y lo hace, además, en nombre de la ley, del orden y de una supuesta seguridad que se alimenta del miedo.
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Migrar es un derecho humano porque deriva del derecho a la vida, a la dignidad, a la libertad y a la seguridad. Nadie abandona su hogar por deporte. Nadie cruza desiertos, selvas o mares por comodidad. Se migra porque quedarse se vuelve imposible. Se migra porque el Estado de origen falló. Porque hay violencia, hambre, persecución política, colapso económico o crisis climática.
Los tratados internacionales lo reconocen. La Declaración Universal de los Derechos Humanos establece el derecho de toda persona a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar. El derecho a buscar asilo existe precisamente porque el mundo aceptó, tras guerras y genocidios, que ningún Estado puede condenar a alguien a morir por el simple hecho de nacer en el lugar equivocado.
Sin embargo, en la práctica, este derecho se diluye cuando choca con el nacionalismo, el racismo o los intereses electorales.
No es casual que los discursos oficiales hablen de “ilegales”. No se criminaliza el acto, se criminaliza a la persona. Se reduce a seres humanos complejos a una condición administrativa. El lenguaje prepara el terreno para la violencia. Cuando alguien deja de ser visto como persona, cualquier abuso parece justificable.
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ICE, la agencia de inmigración y control de aduanas de Estados Unidos, opera sobre esa lógica. Redadas al amanecer. Detenciones en lugares de trabajo, en tribunales, incluso en hospitales. Familias separadas. Niños esposados. Personas que pasan meses, a veces años, en centros de detención sin haber cometido ningún delito penal. Todo bajo la etiqueta de “cumplir la ley”.
Las fronteras son una invención humana, reciente y arbitraria. La naturaleza no las reconoce. El clima no se detiene en una línea imaginaria. Los ríos no piden permiso para cruzar países. Los animales no necesitan visas.
Cuando el cambio climático desplaza comunidades enteras, cuando la desertificación avanza, cuando los huracanes destruyen hogares, migrar no es solo un derecho humano, es una respuesta natural a un entorno que ya no permite vivir. Negar ese movimiento es negar la lógica básica de la vida.
Hablar de migración como derecho de la naturaleza no es una metáfora poética. Es una afirmación ética. Todos los habitantes de la Tierra, humanos y no humanos, se mueven para preservar la vida. Interrumpir ese movimiento mediante la fuerza no detiene la migración, solo la vuelve más peligrosa.
Si mañana decidiéramos arrestar ballenas por cruzar aguas territoriales, el mundo se reiría. Si construyéramos muros para detener aves migratorias, parecería una distopía absurda. Sin embargo, hacemos exactamente eso con personas que huyen de la violencia o del hambre. La diferencia no es biológica, es política. Y profundamente moral.
En los últimos años, especialmente bajo la administración de Donald Trump, la política migratoria de Estados Unidos se transformó en un espectáculo punitivo. Las redadas no solo buscan detener, buscan enviar un mensaje. Que nadie se sienta seguro. Que el miedo haga el trabajo que la ley no logra.
ICE ha detenido a personas sin antecedentes criminales, ha ingresado a espacios sensibles, ha separado familias sabiendo que el trauma será duradero. Los centros de detención, muchos operados por empresas privadas, funcionan con incentivos económicos claros: más detenidos, más ganancias. No es una falla del sistema. Es el sistema funcionando como fue diseñado.
Las denuncias se repiten. Falta de atención médica. Condiciones insalubres. Personas que mueren bajo custodia. Migrantes con enfermedades crónicas que no reciben tratamiento. Mujeres que denuncian abusos. Todo documentado, todo normalizado.
La crueldad se volvió una herramienta política. Disuadir a través del sufrimiento. Convertir la migración en un castigo ejemplar.
Y mientras tanto, se ignora una verdad incómoda: Estados Unidos necesita migrantes. Su economía depende de ellos. Su agricultura, su construcción, su cuidado de personas mayores, su sistema de servicios. Se les explota cuando conviene y se les persigue cuando estorban al discurso político.
Donald Trump no inventó el racismo ni la xenofobia, pero los convirtió en política de Estado. Construyó su narrativa sobre la idea de invasión. Migrantes como criminales. Como violadores. Como amenazas existenciales.
Esa narrativa justificó muros, deportaciones masivas y políticas que violaron derechos básicos. Separar niños de sus padres no fue un error administrativo, fue una decisión consciente. Un mensaje de fuerza dirigido tanto a su base electoral como al resto del mundo. Las políticas cambian, pero el daño permanece. Niños traumatizados. Familias rotas. Comunidades enteras viviendo en la sombra. Personas que evitan hospitales o escuelas por miedo a ser detenidas. La historia juzgará este periodo no por sus slogans, sino por sus consecuencias humanas.
Quienes defienden estas políticas suelen decir que “la ley es la ley”. Pero las leyes no caen del cielo. Las escriben personas, responden a intereses y reflejan valores. Hubo leyes que permitieron la esclavitud. Leyes que negaron el voto a las mujeres. Leyes que segregaron por raza. Que algo sea legal no lo hace justo. Cuando una ley castiga a quien busca sobrevivir, esa ley merece ser cuestionada. Cuando un sistema legal produce sufrimiento sistemático, la obediencia ciega deja de ser virtud.
Las sociedades más dinámicas, más innovadoras y más ricas culturalmente son las que entendieron la migración como una fuente de vida, no como un peligro. Estados Unidos mismo se construyó sobre olas migratorias. Negar eso es negar su propia historia.
Decir que cualquiera puede migrar ignora una verdad básica: solo algunos pueden hacerlo sin ser criminalizados. Un pasaporte europeo abre puertas. Uno del sur global levanta sospechas. El color de piel, el acento y el origen determinan quién es “expatriado” y quién es “ilegal”.
Esa desigualdad no es accidental. Es heredera del colonialismo, del saqueo y de un orden global que concentra riqueza en unos pocos países mientras empuja a millones a desplazarse.
Muchos de los países de origen de los migrantes han sufrido intervenciones, sanciones, guerras económicas y políticas impuestas desde el norte global. Estados Unidos ha tenido un papel directo o indirecto en la inestabilidad de América Latina, el Caribe y otras regiones. Castigar a quienes migran sin asumir esa responsabilidad histórica es una forma de cinismo político.
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Cambiar la política migratoria requiere algo más profundo que reformas técnicas. Exige un cambio ético. Ver a la persona migrante como alguien que ejerce un derecho, no como alguien que lo viola.
Significa garantizar procesos justos, alternativas a la detención, regularización real y protección efectiva de derechos humanos. Significa dejar de usar la migración como arma electoral.
La naturaleza no castiga el movimiento. Lo facilita. Lo entiende como parte del equilibrio. Cuando una especie no puede migrar, desaparece.
La pregunta es simple y brutal: ¿qué tipo de mundo estamos construyendo si negamos a los humanos lo que reconocemos como natural en cualquier otra forma de vida?
Migrar es vivir. Es resistir. Es adaptarse. Es buscar futuro. Criminalizar la migración no la detiene, solo la vuelve más letal. No protege fronteras, erosiona valores. No fortalece a los Estados, los deshumaniza.
Mientras ICE siga operando como una policía del miedo, mientras líderes como Trump sigan usando la migración como chivo expiatorio, la herida seguirá abierta. Pero la historia también muestra que los muros caen, que las políticas cambian y que la dignidad humana insiste.
Las ballenas seguirán cruzando océanos. Las aves seguirán volando. Y los humanos seguirán migrando, con o sin permiso, porque moverse no es un delito. Es un derecho. Humano. Natural. Inevitable.









