
Científicos avanzan en nuevas terapias y métodos de detección temprana para enfrentar el cáncer de páncreas, uno de los más letales y difíciles de tratar.
El diagnóstico de cáncer de páncreas sigue siendo uno de los más temidos en oncología. Aunque representa cerca del 3 % de los casos de cáncer en Estados Unidos, su impacto es desproporcionado. La mayoría de los pacientes recibe el diagnóstico en etapas avanzadas, cuando las opciones terapéuticas resultan limitadas y la supervivencia se reduce drásticamente.
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Los expertos advierten que, si la tendencia continúa, este tipo de cáncer podría convertirse en la segunda causa de muerte por cáncer en el país para 2030, solo por detrás del de pulmón. El contraste con otros tumores es claro: mientras el cáncer de mama, colon o próstata ha visto mejoras sostenidas en detección y tratamiento, el de páncreas sigue siendo escurridizo.
Uno de los frentes más prometedores se centra en la detección precoz. Equipos de investigación trabajan en biomarcadores capaces de identificar la enfermedad en fases iniciales mediante análisis de sangre o estudios genéticos. Estos métodos buscan detectar cambios moleculares antes de que aparezcan los síntomas, que suelen ser vagos y tardíos.
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La investigación también avanza en tratamientos más precisos. Ensayos clínicos exploran terapias dirigidas que atacan mutaciones específicas del tumor, así como combinaciones de quimioterapia más eficaces y con menos efectos secundarios. La inmunoterapia, que ya transformó el tratamiento de otros cánceres, empieza a mostrar resultados alentadores en subgrupos de pacientes con cáncer de páncreas.
A pesar de los avances, los científicos insisten en que el camino será largo. El cáncer de páncreas posee una biología compleja y un entorno tumoral que dificulta la acción de los fármacos. Sin embargo, el creciente interés científico y la inversión en investigación ofrecen una esperanza realista: convertir un diagnóstico casi siempre fatal en una enfermedad tratable.
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