
Una pregunta de Sabina a Eduardo Verástegui reaviva el debate sobre coherencia, moral y el uso del discurso conservador para limitar derechos en México.
Durante una entrevista reciente, la periodista Sabina lanzó una pregunta directa a Eduardo Verástegui que rápidamente generó reacciones: si defiende con tanta vehemencia la “familia tradicional”, ¿por qué él no se ha casado?
La intervención puso en evidencia una contradicción que desde hace tiempo señalan activistas y sectores críticos del conservadurismo. Verástegui se ha convertido en uno de los principales promotores de discursos anti-LGBT+ en México, con una postura firme contra el matrimonio igualitario, los derechos de las personas trans y el reconocimiento de familias diversas.
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Desde plataformas políticas y religiosas, Verástegui ha impulsado narrativas que presentan un único modelo de familia como válido, mientras descalifican otras formas de convivencia. Su discurso se sostiene en argumentos morales que, según especialistas y organizaciones civiles, refuerzan estigmas y justifican la exclusión.
La pregunta de Sabina no fue un ataque personal, sino una interpelación pública sobre coherencia. Para muchos, exigir a otros un modelo de vida que uno mismo no sigue abre un debate legítimo sobre autoridad moral y uso del poder simbólico.
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Sabina es una periodista y entrevistadora conocida por su estilo frontal y por incomodar a figuras públicas con preguntas directas. Su trabajo se centra en temas sociales, derechos humanos y política, y se ha consolidado como una voz crítica frente a discursos que buscan imponerse sin rendir cuentas.
Eduardo Verástegui es actor y productor mexicano que, tras alejarse del entretenimiento, se posicionó como activista político conservador. En los últimos años ha ganado visibilidad por promover agendas contrarias a los derechos LGBT+ y por presentarse como defensor de “los valores tradicionales”, lo que lo ha convertido en una figura polarizante.
El intercambio recordó que cuando el discurso moral se utiliza para limitar derechos, las preguntas incómodas cumplen una función democrática. Más allá de la respuesta, el momento abrió una conversación sobre coherencia, poder y el impacto real de estas narrativas en la vida de otras personas.
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